De nombres y personalidades múltiples

Para responder a aquellos que me lo han preguntado directamente y a aquellos que  no lo han hecho pero se lo preguntan, hoy voy a contarles cómo me llamo.

Cuando pienso en cómo me llamo, no puedo dejar de pensar que estoy planteando la pregunta equivocada, porque no se trata de cómo me llamo sino de quién soy. Y eso lo tengo claro clarísimo: soy Shubhaa.

Creo que siempre he sido Shubhaa, pero no siempre ha sido mi nombre. Cuando iba a nacer, en mi familia tuvo lugar la discusión típica de qué nombre le vamos a poner a lo que venga – recuerden que yo nací en la era pre-ecografía. Mi padre quería un nombre vasco, supongo que por molestar a mi madre, que quería un nombre catalán. Así que podría haber sido Izaskun o Núria. Frío frío. En lo que estaban de acuerdo era en que no fuera un nombre de alguna abuela/tía o pariente. Así que podría haber sido Dolores (horror) o Rosa. Frío frío. También estuvieron de acuerdo en que fuera un nombre corto y que no se pudiera abreviar, vamos, lo que se recomienda para las mascotas. Y como españolita de los últimos coletazos del franquismo, fuera lo que fuera, con el María delante. Así pues en mi carné de identidad soy María Eva.

Fui Eva hasta prácticamente los 20 años, y desde entonces solamente lo he sido para mis familiares – a los que afortunadamente veo más bien poco. Y a los 20 años todo cambió, porque encontré a mi maestro quien me cogió de la mano y me descubrió quién era y sobretodo quién quería ser y cómo quería vivir. Me regaló un nuevo nombre para que dejara atrás todos los condicionantes del pasado: lo que aprendí en la escuela, las expectativas que se pusieron en mi, las etiquetas que unos y otros me fueron colocando, las presiones y los convencionalismos sociales, etc, etc.

The changing of the name simply means you are dropping the whole old personality that was indicated by the old name, that you are beginning afresh with a new name. It is symbolic. You were not born with a name. The name was given by your father, by your mother, by your people. Now you have dropped all conditionings, why not drop the name those conditionings gave to you? Osho, Om Mani Padme Hum, Talk #29

Me regaló un nombre precioso: Alok Shubhaa. Luz que brilla.

Las pocas ocasiones en las que no he usado ese nombre han sido por cuestiones estrictamente laborales -y como “Eva” es una persona que ya no existe, de alguna forma la mejor alternativa fue usar el María, como nombre común, aséptico, profesional.  Creo que fue un error que no volveré a cometer, porque en el fondo ahora creo que de algún modo fue un paso atrás, una pequeña traición. Pero cuando los números rojos aprietan, a veces hay que vender algo más que una pequeña porción de alma. Afortunadamente he recuperado el control sobre mi vida laboral y también sobre mi nombre.

No suelo contar esta historia porque la relación entre el maestro y yo para mí es algo muy personal, no me gusta hacer proselitismo ni vender motos ni captar adeptos. A fin de cuentas, que sea mi maestro no tiene que significar que vaya a ser el tuyo también, ni siquiera que tú vayas a necesitar un maestro. Incluso vivo esta relación bastante aislada del colectivo,  precisamente para evitar ciertas actitudes que en su momento viví y no me gustaron.

Soy Shubhaa. Llevo este nombre con orgullo, con responsabilidad y como un acto de amor a quien me dio más de lo que nunca seré capaz de asimilar. Y porque cada vez que alguien lo pronuncia, me recuerda el camino que un día tomé:

http://www.oshogulaab.com/OSHO/TEXTOS/CUALIDADES_SANYASIN.html

 

O8.504

De bicicletas e incapacidades aprendidas

Es cierto, las células tienen memoria. Lo sé porque cada vez que me siento en una silla algo dura, las células de mi trasero y de mi hueso pélvico me recuerdan que la semana pasada salí un par de días a dar un paseo en bicicleta. Y algo que para otros es un emocionante recordar momentos alegres de la infancia, o un empezar a silbar la musiquilla de Verano Azul como banda sonora del movimiento en dos ruedas, a mí siempre me hace pensar en la incapacidad o indefensión aprendida. 

Éste es un concepto desarrollado por mi muy admirado Martin Seligman, a quien le pasa como a mí, que es psicólogo pero nadie lo diría, jajaja. (Aprovecho para recordarle al mundo que estoy abierta a financiación pública y privada para irme un año a Pennsylvania a estudiar un Máster con Seligman, así que si alguien que lea esto está por la labor, le aseguro que estará invirtiendo no sólo en mi formación, sino en el bienestar de los niños perdidos presentes y futuros).

Voy a intentar explicarte el concepto con mi propio ejemplo. Cuando tenía 5 años me compraron una bici. Y como era pequeña y mujer, ergo tenía que ser torpe, me pusieron ruedines. Hasta ahí todo correcto, y es que a veces necesitamos ruedines para poder ir por la vida sin darnos una hostia cada 200 metros. Cuando mi padre estimó que ya era el momento de quitarme los ruedines, pues me los quitó. Y ahí empezó la odisea, porque de repente ir en bici ya no era la experiencia placentera de desplazarte sin peligro, sino que era una especie de lucha contra la maldita fuerza de la gravedad. Digamos que mis primeros movimientos fueron torpes y que desde que me caí de la báscula a los 2 minutos de nacer, lo de caerme no me gusta nada. Conclusión: inseguridad. Consecuencia: desastre. 

Con mucho esfuerzo aprendí a ir en línea recta sin desestabilizarme – para mí todo un reto – pero lo de las curvas ya no me resultaba tan fácil. Parece ser que el sentido práctico me ha acompañado desde mi más tierna infancia porque cuando llegaba a una curva, pues me bajaba de la bici, tomaba la curva caminando y me volvía a montar. Problema resuelto, o eso creía.

Lo que empezó a pasar fue que me convertí en el blanco de las burlas de mi hermano (que ya por entonces manejaba una moto como si hubiera nacido pegado a ella), de las burlas de mi padre que congregaba a cuanto más público mejor para que me vieran bajándome de la bici en las curvas y el mohín de desdén característico de mi madre de si-no-lo-haces-perfecto-para-qué-lo-haces. Una semana después, en una pendiente frené con el freno delantero (ya sabes, si nadie te enseña acabas aprendiendo por ensayo-error) y salí volando por encima del manillar.

Así que entre lo que me decían y lo que yo misma acabé pensando, llegué a la firme conclusión de que yo NO VALÍA para ir en bici. Que era torpe, insegura, ridícula y absurda, por lo menos encima de una bici. 

Yo podría haber seguido toda la vida escondiéndome detrás de ese episodio, lamiéndome las heridas y sin aprender a montar en bici. Pero el orgullo me puede, qué le vamos a hacer. A los 18, básicamente por necesidad de medio de transporte barato, aprendí a ir en bici. Y ahora, me doy el LUJO de hacer un recorrido de una hora por un precioso paseo a la orilla del mar silbando la canción de Verano Azul. Y si llego a un lugar estrecho o a una curva complicada, pues me bajo de la bici, lo hago andando y luego me vuelvo a subir. Porque yo lo valgo.

Está claro que nunca tendré la soltura ni la destreza de los que aprendieron a montar en bici de niños. Pero eso no es razón para que me cierre esa puerta. Y es que compararse es muy chungo, a no ser que te compares en el 100% de las cosas. 

Te cuento todo esto para que reflexiones igual que hice yo el sábado, orgullosamente montada en mi bici: mis límites los pongo yo, y además me permito el lujo de disfrutar de aquellas actividades que me gustan, sin pensar en si otros las hacen mejor o peor.

Te dejo este bonito artículo que me llegó sobre la incapacidad aprendida, espero que te guste: http://lamenteesmaravillosa.com/incapacidad-aprendida

Por cierto, cuando sea viejecita y mi cadera no pueda permitirse el riesgo de un trompazo, ya tengo la solución pensada:

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De problemas infantiles y el fracaso de la tribu

La otra tarde pasó por El Cuarto de en Medio una de mis niñas perdidas/encontradas/a veces perdidas más queridas, y tuvimos una larga y espero que fructífera conversación, que a mí me ha hecho pensar mucho.

Que conste en acta que lo que van a leer es MI opinión personal, con la que pueden o no estar de acuerdo, abierta a comentarios y a tratar el tema en más profundidad que la que ofrece un espacio como este cuando quieran.

Creo en cuatro pilares fundamentales de la educación de los niños: el padre, la madre, la escuela y la familia (no necesariamente en este orden)

Son demasiados los casos que me llegan de mujeres y hombres (los pongo en este orden porque estadísticamente son  más mujeres que hombres) que conforman lo que se conoce como familia monoparental: vamos, que para fabricar al crío hacen falta dos, pero para criarlo hay algunos que no se dan por aludidos. Y tener una familia monoparental en España es el prólogo de problemas anunciados, porque si buscan conciliación de vida familiar y laboral en algún diccionario español, verán que como sinónimo aparece: utopía, sueño de las madres y padres responsables, pesadilla de los empresarios.

Estos progenitores monoparentales se ven obligados a trabajar en horarios que van mucho más allá del horario escolar, y a recurrir a familiares, amigos y personal contratado para que se ocupen de sus hijos durante, en mi opinión, demasiadas horas. O a dejar bebés de 4 meses durante más de 8 horas en una guardería: un crimen.

Los padres y madres que deciden implicarse en la crianza de sus hijos llegan hasta donde los horarios laborales, los pagos de la hipoteca, las letras del coche y el atraco a mano armada de los supermercados (hablo de Lanzarote en este último punto) les permiten. Esto genera niños que pasan poco tiempo por sus padres-madres y padres-madres con sentimientos de culpa para llenar camiones. Mal comienzo. 

La familia hace lo que puede. Cuando son los familiares los que cuidan de los niños se produce un fenómeno curioso: los abuelos pierden el derecho a ser abuelos y se convierten en padres cuando ni los riñones ni la paciencia están ya en condiciones, mientras los padres se convierten en abuelos que compensan la falta de tiempo con los cachorros con en ocasiones un exceso de protección o en la mayoría de los casos malcriando y dejando hacer, porque para un rato que los ven y con lo cansados que están, no tienen cuerpo para otra cosa.

Veo la evolución de la educación en España y veo una escuela pública que no está a la altura de las circunstancias, con un profesorado mayoritariamente bocatacional que no vocacional, con una tendencia a aborregar a los niños espabilados, que repite modelos antiguos y obsoletos, y donde se dan situaciones como que si el niño no está atontado y da muestras de vida es que es hiperactivo, y donde el profesor manda a un niño de 6 años a casa con un examen por hacer porque al niño no le ha dado la gana hacerlo. Por otra parte, tenemos una enseñanza privada con medios tecnológicos, profesores que tienen que rendir cuentas de los resultados de sus chicos, y unos precios prohibitivos que ahondan la diferencia de clases que ya de por sí impone el dinero. Hay quien se plantea la donación de órganos en vivo, o empezar como los americanos a abrir cuentas de ahorro para pagar la escolarización de los hijos. Y claro, además hay que pagar clases de inglés (porque en la escuela dan clase de inglés durante 10 años pero no saben ni papa), hay que llevarlo a deporte (porque correr sin sentido alrededor de un patio no parece la mejor educación física), hay que llevarlos a clase de música (porque para la enseñanza pública el único instrumento que existe es la flauta) y a ser posible, hay que conseguir que los niños realicen nuestros sueños y compensen nuestras frustraciones.

Y nos queda la tribu, también parte esencial en la crianza de los cachorros de la especie. Sinceramente creo que como tribu en este aspecto hemos fracasado. Hemos fracasado por crear una sociedad en la que los precios se disparan y los salarios bajan. Hemos fracasado por reducir los valores que transmitimos a la siguiente generación a programas patéticos de descerebrados tirándose a piscinas y demás telebasura. Hemos fracasado por creer que la educación de los niños es solo un problema de sus padres, no interviniendo cuando vemos comportamientos flagrantemente incívicos porque no es nuestro problema. Hemos fracasado por haber entrado en la corriente yankie de ganadores y perdedores, de populares y frikkies, que condiciona y pone una presión tremenda a los niños. Hemos fracasado cuando proliferan las redes sociales para niños por internet.

Y a mí que no tengo hijos me preocupa entre otros motivos porque estos niños de hoy son los trabajadores que pagarán impuestos y me permitirán cobrar mi pensión de jubilación algún día.

Aunque visto lo visto, si no consigo jubilarme y con lo perjudicados que van a estar, clientes para la consulta no me van a faltar.

soledad infantil

De bondad, maldad y maldiciones

Les advierto que este post puede herir su sensibilidad por el tema que se toca y por el lenguaje que se usa. Me disculparé argumentando que es mi blog personal y que una de sus funciones es permitirme ventilar – que es la forma fina de decir vomitar – mis emociones y mis neuras.

Mi trabajo me permite ver de primera mano dos elementos contrapuestos de la naturaleza humana: la bondad más absoluta y la maldad más absoluta. Últimamente repito mucho en consulta: “eso te pasa porque eres buena persona, si tuvieras un poco más de mala leche otro gallo cantaría”. Y me emociona decir algo así, decirle a alguien que es buena persona me hace creer en la especie más allá del individuo.

Pero por desgracia también me cuentan hechos de una maldad tal que a mí, que no aspiro a la santidad y que tengo mala leche a mi disposición para cuando se hace necesaria, me hacen escribir posts como éste.

Yo creía que estaba en contra de la pena de muerte – supongo que porque nunca le han hecho nada grave a uno de los míos – pero hay casos que me revuelven la sangre y las tripas de tal manera que hacen que me lo plantee como una opción seria. Como no tengo poder legislativo, ni judicial, ni ejecutivo, me quedan las maldiciones.

Sí, dicen que cuidado con lo que deseas porque te puede venir de vuelta, pero es que no puedo evitarlo. Como no acabé el curso de bruja maligna nivel I, me tengo que contentar con una intención, que supongo que me sirve a mí para desahogarme que ya es algo. Sobretodo porque resulta que son delitos que prescriben (hay que joderse, como si los efectos que causan prescribieran).

De entre todos los mal nacidos, mal paridos, cabrones, hijoputas y demás especímenes malignos de la raza humana, yo maldigo a los criminales que abusan sexualmente de sus propios hijos. Les deseo una vida llena de amarguras, dolor y sufrimiento. Les deseo una enfermedad venérea que haga que se les caiga el pene a trozos con abundantes sangrados. Les deseo piedras en el riñón del tamaño de un puño. Les deseo tactos rectales con las manos de un gorila. Les deseo dolores de muela perpetuos. Les deseo que se les pudran los dientes. Les deseo que se queden parapléjicos sin nadie que les ayude. Les deseo la más absoluta de las soledades. Les deseo una muerte muy lenta y muy dolorosa.

De entre todos los crímenes, me parece el más repulsivo, el más indignante, uno que para mí no tiene perdón alguno ni justificación alguna por todo lo que implica. Es el abuso de un inocente al que le roban la infancia y les aseguro que en muchísimas ocasiones también les roban una sexualidad saludable y la posibilidad de tener una vida de pareja satisfactoria. Les roban la confianza en otras personas, porque si quien más te tiene que querer y quien más te tiene que proteger es capaz de algo así, poco esperas ya de otros con menor parentesco.

Y tal vez sea injusta, pero maldigo también a esas madres que sabiendo lo que sus maridos les están haciendo a sus hijas e hijos callan por miedo, por vergüenza o porque mientras abusan de sus hijos no les hacen nada a ellas. Para eso mejor hubieran abortado o hubieran dado a sus hijos en adopción.

Porque estos especímenes no se merecen el nombre de padre ni de madre, que a fin de cuentas tener la capacidad biológica de la reproducción es una cosa, y la paternidad es otra muy diferente.

Algo debemos estar haciendo francamente mal como especie y como sociedad, para que en una época en la que podemos dar la vuelta al mundo en horas, tenemos los mayores avances tecnológicos imaginables y nos consideramos como el puto ombligo del mundo, sigan habiendo casos de este tipo en nuestro entorno más inmediato.

Te dejo con una gran maldición de una buenísima serie, en la que Servilia maldice a Julio César y a Atia:

http://www.youtube.com/watch?v=66l9SkTHCnA

 

Especies a extinguir: el paletopijus

En mis observaciones y recogidas de información de las últimas semanas sobre distintos especímenes que pueblan nuestro planeta, una especie parece haber estado más presente que las demás: el paletopijus. Me permitirás que use el masculino como genérico, más que nada porque es lo que la Real Academia sigue considerando correcto – yo no voy a entrar a valorar hoy si gramaticalmente correcto o políticamente correcto – pero que conste en acta que la especie se reproduce gracias a la existencia de paletopijus macho y hembra generando cachorros de paletopijus también de ambos sexos.

El paletopijus se reconoce por una serie de rasgos distintivos, algunos de los cuales resultan evidentes a simple vista, siendo otras características más difíciles de detectar y cuya identificación requerirá entrar un poco más en detalle y conocer más en profundidad al individuo.

El paletopijus es una especie que se ubica geográficamente en capitales de provincia, pero también en barrios periféricos de grandes capitales. Se conoce de algún espécimen de población pequeña, pero no se ha documentado su existencia en barrios como el Barrio de Salamanca en Madrid, o el de Pedralbes en Barcelona, que son el hábitat del pijus originalus. En caso de duda respecto a la distinción entre pijus originalus y paletopijus, el número de apellidos suele decantar la balanza hacia el primer grupo.

En cuanto a sus hábitos familiares, el paletopijus nace y se desarrolla en un entorno de bienestar económico por encima de la media de su entorno. Sin llegar a los excesos del pijus originalus en cuanto a vestimenta, movilidad geográfica vacacional y nivel de gastos, el paletopijus hace mayor ostentación de sus bienes y sus compras, para su propio regocijo y como forma de marcar su distancia respecto al homo vulgaris que le rodea. Digamos que el homo vulgaris va de finde al pueblo, el paletopijus va a la capital más cercana y el pijus originalus está en Suiza esquiando.

El paletopijus es educado para considerarse una élite económica e intelectual, pero siempre bajo el paraguas de la cuenta corriente paterna. Dicho paraguas se extiende para que no se exponga en el territorio del pijus originalus, que podría hacer tambalear su autoestima y su supuesta superioridad.

Cuando llega a la edad adulta, el paletopijus suele realizar estudios universitarios en una universidad media – recuerden el peligro de su exposición al pijus originalus – para poder añadir un nuevo grupo de cohesión de raza: el de los licenciados universitarios. Así pues, a la superioridad moral y económica subvencionada por la cuenta corriente paterna, se une la superioridad académica que creen les es inferida con el título de Licenciado. Especial interés en este sentido parecen despertar las licenciaturas de Biología – cuánto daño ha hecho a este país Ana Obregón – y Empresariales.

Una vez finalizados sus estudios, y con la siempre presente amenaza del pijus originalus, el paletopijus regresa a su lugar de origen para hacerse cargo de los negocios familiares continuando la saga familiar en cuanto a criterio de liderazgo y gestión empresarial: ser el semidios viviente de los homo vulgaris a los que contrata a cambio del salario base – siempre y cuando le hablen de usted, le hagan una reverencia al entrar a trabajar, no cuestionen sus nefastas decisiones y sepan muy claro cuál es su lugar. Es este un tema que obsesiona bastante al paletopijus: que cada cual sepa cuál es su lugar, y que todos sepan que su lugar está dos escalones por debajo. En caso de que algún homo vulgaris cometa el error de olvidarlo, se encargarán de recordárselo esgrimiendo una mezcla de despotismo que les viene por parte de padre/madre y de sutileza/sarcasmo fruto de sus años de universidad.

Se ha documentado algún espécimen de paletopijus que ha intentado desarrollar actividades profesionales fuera de su lugar de origen y sin protección parental, pero con resultados bastante humillantes que fueron convenientemente disimulados y justificados por el afán de lucro, estafa y robo de los homos vulgaris que había empleado.

Aunque hoy en día se presenten en forma desarrollada y hayan evolucionado sus modos, comportamientos, habla y conducta social, los paletopijus no son más que una adaptación a los tiempos de aquellos caciques y señoritos que poblaron estas tierras en su época pre-constitucional, y que a su vez portaron los genes de señores feudales y nobles medievales. Con ellos tienen en común un total desprecio por personas con niveles de ingresos y/o de estudios inferiores, y ese sentimiento de raza superior que personalmente me huele a nazi y a nacionalista (si es que hay alguna diferencia entre ambos)

El día en que el paletopijus sea una raza extinta, estaremos más cerca del concepto de humanidad.

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De llantos hormonales, ginecólogos obtusos y empresas farmaceúticas

Muchas son las cosas que querría contarte hoy, ha sido una semana muy intensa en lo personal, en lo emocional, en lo vivencial y también en lo profesional, tanto que estoy deseando que lleguen los festivos de la próxima semana para poder parar y recuperar fuerzas.

Pero me apetecía contarte mi nueva experiencia desastre con los medicamentos y con los ginecólogos. Mejor dicho, con un ginecólogo con el que estoy condenada a no entenderme porque para que dos personas se entiendan, las dos tienen que por lo menos escuchar.

Como considero que DEBO predicar con el ejemplo, y como le peleo taaaaanto a las niñas perdidas para que se hagan sus revisiones ginecológicas anuales (cinco segundos de incomodidad, un año de tranquilidad) pues hice lo propio y me hice mi revisión. Todo está en su sitio (bien!), no hay nada que no debiera estar ahí (bien!) y estoy iniciando el camino hacia la menopausia (ni bien ni mal, lo que es es y punto) con desarreglos menstruales. Sugerencia del ginecólogo: píldoras anticonceptivas.

Y como era también de suponer, que a veces parezco nueva, mi cuerpo ha reaccionado fatal, con una última semana de llantos hormonales indiscriminados, hasta el punto de ver pasar una ambulancia por la calle y ponerme a llorar como si fuera alguien conocido dentro. Que conste que no tengo nada en contra del llanto, pero entenderás que dedicándome a lo que me dedico, esa especie de vulnerabilidad máxima pues no es lo más conveniente. Que la terapeuta llore con el paciente tiene su punto, que llore más que el paciente no tanto.

Cuando le consulte al gine me dio una respuesta de esas que te dan ganas de estudiar medicina para darle un zas en toda la boca. Respuesta del gine: “pues la verdad es que cuando vino el representante solamente me dejó el prospecto y ahí viene que tiene los mismos efectos secundarios que las demás, y bueno, depresión es la última de la lista. Te lo miraría en el vademecum pero es que como son tan nuevas no me salen. Casi mejor te las tomas otro mes y si te sigue pasando lo mismo pues ya hablamos.” De traca.

Mi primera reacción fue explicarle que yo me había metido en internet y me había leído los resultados de los estudios clínicos y sí, las alteraciones del estado de ánimo (que no la depresión) son un efecto secundario de normal a muy frecuente. Pero recordé la última discusión que tuve con él y decidí no malgastar ni tiempo ni energías hablando con una pared.

He estado investigando con algunas niñas perdidas y en foros de internet y son muchas las mujeres que sufren alteraciones del estado de ánimo por tomar la píldora. Y son muchas las mujeres que se encuentran con respuestas parecidas a la que he recibido yo o peor. Pocos ginecólogos son los que reconocen o tan siquiera conocen las implicaciones emocionales de las hormonas en las distintas fases del periodo, o en la menopausia.

Veo dos grandes problemas que nos deberían hacer reflexionar: el primero es la visión fragmentaria de la medicina occidental, en la que cada especialista conoce su pequeña parcela y parece que no llega a entender que el cuerpo humano es un todo interrelacionado, donde el desequilibrio de un elemento acaba desequilibrando a otros muchos.

Y el segundo problema: hasta qué punto nos recetan lo que necesitamos o lo que las farmacéuticas quieren que los médicos receten. Por supuesto que ESTOY CONVENCIDA de que hay muchos médicos íntegros, que se informan sobre los medicamentos que recetan y que solamente lo hacen teniendo en cuenta el bienestar y las necesidades del paciente. Pero me temo que otros muchos no.

Me pilla ya un poco mayor para estudiar medicina, casi mejor me cambio de gine.

coco

 

De músicos y superpoderes

Llevo una semana queriéndote contar que el sábado pasado fui a un concierto, de esos que te hacen volar, soñar y sobretodo admirar y envidiar a los músicos:

 

san_marco

 

Siempre que voy a un concierto salgo comentando la cantidad y cantidad de horas, de días, de semanas, de meses y de años de práctica diaria que hay detrás de cada nota. Sobretodo en el caso del violín, no puedo dejar de pensar que es un instrumento que sin ningún esfuerzo puede sonar como una riña de gatos, por lo que adivino que hacer que no sólo suene bien, sino que además te transporte a otras realidades es algo así como un superpoder. Y es que en mi caso, Vivaldi huele a cipreses en verano.

Esta semana que hoy termina ha sido durilla en lo personal y en lo profesional – y me olvidaba, también en lo hormonal :) .

Y relacionando las dos circunstancias: el maravilloso concierto del sábado pasado y las nubes y tormentas de mi semana, me ha dado por pensar en los superpoderes. Ya sé que si me encuentro un enanito en el bosque que me ofrece tres deseos debería revisar qué he fumado y bebido ese día, y si a base de frotar una lámpara acaba por salir un genio es probable que el polvo haya reaccionado con algún residuo radioactivo del metal, pero bueno, es domingo por la tarde y soñar sigue siendo gratis y sin iva.

Si pudiera tener un superpoder, uno y solo uno, creo que sin dudarlo eligiría el teletransporte. Porque aunque las distancias emocionales no se midan igual que las distancias físicas, aunque las nuevas tecnologías nos permitan estar conectados 24 horas al día de modos diversos (por cierto, ¿cuándo dejaremos de llamarlas nuevas?), lo cierto es que a veces la distancia física se impone, como se imponen los precios y las frecuencias de las líneas aéreas, que no colaboran.

Me gustaría poder teletransportarme para que tus lágrimas me mojen la cara mientras las mías mojan la tuya.

Me gustaría poder teletransportarme para sentarme contigo a charlar delante de un café y mirándote a los ojos, no con una webcam que nos convierte en robots.

Me gustaría poder teletransportarme para poder oír lo que dices y cómo lo dices, en lugar de leer lo que tecleas en tu móvil, y que el corrector ortográfico automático convierte en un texto a veces sin sentido.

Me gustaría poder teletransportarme para poder viajar de mi casa a tu casa en una décima de segundo y que ese abrazo que tengo para ti no se enfríe al pasar por el teclado o por la línea telefónica.

Y como el post ha quedado un poco lila, rematémoslo con una cancioncilla ochentera no apta para diabéticos:

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