Hasta que volvamos a leernos

Después de un largo periodo de inactividad, vuelvo brevemente para cerrar este blog y no quedarme con la sensación de que tengo aquí un proyecto inacabado.

Este blog nació de un periodo de enfado con la vida que me permitió vomitar y compartir mucho de lo que sentía en ese momento. Pasado el enfado, fue un elemento más del proyecto vital y profesional de El Cuarto de en Medio, proyecto que finalizó el pasado mes de diciembre.

Como mi estado de ánimo en esta época que entiendo de transición es básicamente de decepción y desengaño en lo divino y lo humano, en lo profesional y sobre todo en lo personal, creo que llega el momento de dar por cerrado este espacio por varios motivos:

El primero y principal es que no me apetece tener una ventana abierta a cómo me siento y a qué pienso, porque empiezo a estar harta de relaciones superficiales, supeditadas a la comodidad y al interés de cada uno. Cada vez estoy más convencida de que las redes sociales, los blogs, los programas de mensajería están matando la comunicación en lugar de facilitarla, creando una falsa sensación de interacción que ni es inter ni es acción.

Lo segundo, es que no quiero que extraños opinen. He revisado todos los comentarios recibidos, y veo la facilidad con la que comentamos, opinamos, juzgamos en base a 30 líneas sin tan siquiera conocer a esa persona. Reconozco que yo la primera, estamos trabajando en ello.

Y la tercera es que quiero iniciar un lento pero continuo proceso de desintoxicación del ordenador, delante del que me he pasado muchas horas en los últimos tiempos, horas que quiero dedicar a otras actividades menos alienantes.

Así que cierro el blog y abro la puerta de casa, para salir a disfrutar del mundo exterior y para el que quiera tener una conversación sobre lo divino, lo humano, lo personal y lo profesional, venga a hacerlo en la comodidad del sofá de casa, en mucho más que un puñado de lineas o de caracteres.

Muchas gracias a los incondicionales, un abrazo, y hasta que volvamos a vernos o a leernos.

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Una aventurina es lo mejor para el estrés

Recién llegada de mis vacaciones en Dublín – te debo un post al respecto, en cuanto las fotos estén descargadas y listas – hice una de las cosas que más me pueden gustar en una tarde de verano: ir a la mina con una geóloga. Y es que si de algo puedo estar más que agradecida, es de las personas preciosas que la vida me trae y que se incorporan a mi trayectoria, a mi casa y a mis mejores y peores momentos.

Una de esas preciosas personas es mi querida Ángela (geóloga-cuentista-ecologista-escritora-narradora-conversadora-catsitter-ysobretodoamiga) y con ella me fui a una de nuestras tiendas favoritas: La Mina, tienda de piedras y minerales, algunos curativos y todos decorativos.

Ya sabes que llevo tiempo dándole vueltas a un cambio, primero fue con la búsqueda de país, luego con la búsqueda de ofertas de empleo. Y lo cierto es que después de una semana en Dublín, descubriendo una nueva ciudad, nuevas costumbres, nuevas comidas y nuevas formas de hacer las cosas, he vuelto todavía más reafirmada en la idea de que el bloqueo que tengo es una mezcla de aburrimiento intelectual y rutina laboral, que me atonta la inspiración y me dispara todas las alarmas ante la idea de que esto sea lo que me espera los próximos 26 años que me quedan para la jubilarme – si la primitiva no lo remedia.

Divagando iba yo por la mina (que menos mal que ya te he explicado lo que es, porque si no la frase iba a quedar más bien rarita) cuando de repente vi una piedra que al ser verde en un primer momento no llamó mi atención. Y es que no me gusta el verde como color, me gusta la vegetación, me gusta la lechuga, me gusta el brócoli, pero no me gusta el verde como color.

Una que es más verbal de lo que quisiera, no pude evitar que los ojos se me fueran al nombre de la piedra: Aventurina. Primer pensamiento: esta piedra tiene nombre de señora de pueblo, de esas que salen a la calle con bata y delantal, que cogen a los niños de los mofletes y que sirven raciones abundantes de colesterol en forma de potaje, aduciendo que todos están muy flacos y que en la capital no hay de eso.

Este post podría haberse titulado así: Aventurina es nombre de señora de pueblo.

Pero no. En el cartel había algo más escrito: buena para el estrés. Y ahí tuve la sensación de que la vida me mandaba una señal, o que esta circunstancia bien podría utilizarla yo en mi beneficio interpretándola como una señal (que a fin de cuentas, el objetivo es el mismo): como bien decía el cartel, una aventurina es lo mejor para el estrés, y como la aventurina es verde, habrá que buscarla en un lugar donde reine el verde.

Así que iniciamos la fase 1 de la aventurina. Alá proveerá.

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Me quiero, me acepto, pero no me molo

Si has leído mi último post y me conoces un poco, ya te podrás imaginar que una vez identificado el problema, no he perdido el tiempo dándole vueltas y me he centrado en la solución: darme de alta en webs de búsqueda de empleo en países anglófonos.

La primera sorpresa agradable: me están llegando una media de 15 ofertas semanales, y eso que he puesto unas expectativas salariales que eliminen ofertas por debajo de lo que gano ahora, que una cosa es querer cambiar de país y otra hacer el primo, o la prima que en este caso sí sería de riesgo.

La segunda sorpresa ha sido un poco más desafiante y provocadora. Y es que no, no se conforman con que les mande un curriculum actualizado, también quieren que escriba una carta explicando por qué deberían considerar mi candidatura, y en la que además tengo que vender la moto, que en este caso soy yo. ¿Qué implica esto? De entrada más de media hora por candidatura, tras lectura detallada de la descripción de la oferta, y una intensa reflexión sobre cómo hablar bien de una misma sin acabar sonando pedante.

Y como se trata de vender la moto, surge la cuestión de si soy una Vespa, un Vespino, una Harley, o si llevo sidecar, y si voy a gasolina, a gasoil o a vela. Y aflora mi aversión a lo que el gran filósofo del siglo XXI – el gran Tomás – acertadamente definió como YO-ME-MOLO.

Definiríamos un YO-ME-MOLO como esa persona que tiene un tema favorito de conversación que supera con creces a todos los demás: él/ella mismo/a. A diferencia de las personas con el síndrome de pena-penita-pena, el YO-ME-MOLO habla de sí mismo mencionando solo sus múltiples virtudes, sus grandes éxitos, su forma de sembrar admiración allá por donde pasa, de enamorar a hombres y mujeres de cualquier edad y condición, sin ni siquiera considerar que no sean perfectos o que la función de los demás no sea postrarnos a sus pies y admirarles cual dioses vivientes bajados del Olimpo. (Nótese que el 99% de sus frases empiezan por YO)

Yo me quiero, soy muy consciente de mis fortalezas, de mis cualidades personales y profesionales, pero también veo mis debilidades, mis áreas de mejora y mis limitaciones. Vamos, que me quiero mucho, me acepto, pero no me molo.

Surge aquí la duda de cómo describirme. No sé si ser sincera y añadir esas debilidades a mi descripción, o si sonar arrogante para los estándares morales católicos esperando que los estándares morales protestantes sean menos integristas en cuanto a la falsa modestia.

Así que al final he optado por lo que me parece más ético, y es dejar que mis antiguos alumnos, jefes, compañeros de trabajo y niños perdidos sean los que me describan en lo personal y en lo profesional desde su experiencia y su perspectiva.

Ya te contaré el resultado, tanto de la petición como de las candidaturas. En todo caso, Alá proveerá.

Love me

Se busca país

Ante la situación general de mi país de origen, las noticias que nos bombardean desde los medios de comunicación, el declive de la clase política y la pérdida de derechos laborales y de valores, creo que ha llegado el momento de lanzar este mensaje al mundo:

SE BUSCA PAÍS

Mujer de 41 años que aparenta muchos menos, con sólida formación académica, amplia experiencia profesional en distintas áreas, don de lenguas (vamos, que hablo varios idiomas), enorme capacidad de trabajo y gran sentido de la responsabilidad, disciplinada, metódica, organizada, empática y con fe en el ser humano busca país en el que instalarse.

Requisitos básicos:

  • Posibilidad de trabajar por un sueldo acorde a la valía, en relación con la formación, la experiencia y la productividad, y no acorde al apellido o al parentesco con el jefe.
  • Servicios públicos acordes a los impuestos que se pagan, de modo que el dinero de los impuestos se destine a pagar la educación, la sanidad, los servicios sociales, etc en lugar de los sueldos de políticos que ni han trabajado ni piensan trabajar nunca.
  • Conciliación de vida laboral y personal, de modo que no haya niños de 4 meses en guarderías ni ancianos a cargo de extraños porque nadie tiene tiempo de ocuparse de ellos.
  • Igualdad de derechos y deberes entre personas, sin importar sexo, edad, religión, clase social o tendencia sexual. Pero igualdad de verdad, no de fachada.
  • Servicios sociales que garanticen la igualdad de oportunidades y no den limosna y/o excusas porque no hay presupuesto para pagar más que las nóminas de los cargos públicos.
  • Que la palabra dada tenga valor.
  • Que promueva el bien común en lugar del beneficio individual, mediante el respeto a la diversidad, a las normas y a las leyes.
  • Donde se admire a quien cumple con su trabajo, saca adelante a su familia, y respeta a sus semejantes, en lugar de al que roba, estafa, engaña, miente o vende su intimidad.

También se valorará un clima suave, y posibilidad de vivir cerca del mar.

Si conoces un país que cumpla los requisitos, por favor cuéntamelo para que pueda iniciar los trámites de residencia.

Dos años de niños perdidos

Casi sin darme cuenta, El Cuarto de en Medio en su ubicación física actual ya ha cumplido dos años. Y es que últimamente estoy tan centrada en apostar por un futuro, que se me escapa el pasado y el presente parece no encontrar su momento.

Así que hoy toca hacer una pausa y dejar de colocar opciones en la ruleta de mi vida profesional futura, y dedicar unos minutos a hacer balance de este segundo año. Te ahorro el aburrimiento de hablarte de dinero, ya sabemos que si quisiera hacer rica me dedicaría a otra cosa, aún a riesgo de terminar entre rejas…

No ha sido un año de procesos largos, pero si de procesos muy intensos. Es lo que tiene ser buena, que ya resuelven en menos sesiones, jajaja. Como sabes que vivo sus procesos como parte del mío, te los explico hablando de lo que nosotros hemos hecho, reconociendo que la parte fácil es la que he tenido yo.

Hemos bailado a ritmo de ska con un músico que aprendió su verdadera grandeza subiéndose a los muros para mirar el mundo desde arriba.

Hemos conjurado el miedo a la paternidad pedaleando y cambiando la letra de canciones.

Hemos llorado por los amores perdidos y los hijos no nacidos, para renacer de nuestras cenizas y redescubrir las emociones con el viento en la cara a toda velocidad.

Hemos mirado de frente a la depresión, y la hemos hecho retroceder a base de dosis ilimitadas de amor, hacia los demás pero sobretodo hacia nosotras mismas.

Hemos espantado los viejos fantasmas familiares para poder vivir de nuevo la ilusión de los comienzos sin confundir hombres buenos con hombres que no merecen ese nombre.

Hemos cambiado de idioma para digerir las culpas y para poner límites al precio que se debe pagar por los errores.

Hemos colocado a brujas malvadas y orangutanes mononeuronales en su lugar, para volver a disfrutar del trabajo como antes.

Hemos dejado de jugar a adivinar el futuro y proyectar el pasado para intentar disfrutar de una buena juerga en presente.

Hemos retrocedido una generación a la generación de las madres perdidas. Con una de ellas hemos descubierto cómo un exceso de amor puede cortar alas ajenas y con la otra estamos aprendiendo a vivir la vida sin tantas culpas y sin tanto enfados.

En otras islas de mares más calmos estamos aprendiendo a ser cada día menos Zara y más Chanel.

Del norte llegó una coach-revolución que ha tomado conciencia de que su luz puede iluminar hasta la noche más oscura.

Nos hemos adentrado en el corazón de la bestia, reconectado con nuestro espíritu más anarquista, para buscar un camino de equilibrio entre lo vocacional y lo bocatacional.

Un niño perdido con miedo a crecer pasó algún tiempo entre el mundo de los adultos y Nunca Jamás, pero todavía no está listo para decidirse por uno de esos mundos.

Estamos venciendo a la ansiedad viajando a otros países y retomando libros y proyectos olvidados.

Revivimos las dudas de la adolescencia y la preocupación de una madre al ver los cambios que la vida impone al llegar a ciertas edades, pasando el bache para llegar al jardín que había al otro lado.

Seguimos aprendiendo a aceptar los restos de una nueva etapa y a cicatrizar las heridas de la enfermedad sin presión y sin dejarnos invadir.

Nos empapamos de la creatividad y la positividad, simplemente para ordenarlas y sacarles mayor partido.

Cerramos las heridas del desamor caminando y bailando.

Estamos aprendiendo a cerrar una historia de amor desde la convicción en la propia intuición.

Estamos gobernando una azotea con demasiada ropa tendida rasgada por el viento y el sol.

Estamos encontrando el camino hacia el bienestar personal y profesional por tierra, mar y hasta en bicicleta.

Estamos cortando el cordón umbilical para pasar de ser solo hijo a ser hombre y pareja.

Estamos buscando pinceladas de color para un alma esencialmente triste.

Tuvimos también niños ligeramente desorientados más que perdidos, que en un par de sesiones volvieron a encontrar el camino, bien de la aceptación, bien de su nueva dirección.

Algunos  niños encontrados pasaron brevemente por aquí, porque ya saben que es más fácil barrer un grano de arena que una gran duna. Ha sido fantástico verles pasado un cierto tiempo, y comprobar que en lo esencial será difícil que vuelvan a perderse.

Porque cada un@ de los niñ@s perdid@s formará ya parte de este espacio, de este tiempo, y de esta vida, y del propósito final de este proyecto desde sus inicios. Si no puedo cambiar el mundo, espero poder ser una mínima parte del cambio que mejore la vida de muchas personas, para que gracias al efecto multiplicador del bienestar y la felicidad, cada uno de ellos consiga ser una mínima parte del cambio que mejore la vida de aquellos que tienen cerca.

Así que concluyo este segundo aniversario pensando en que ese objetivo se ha conseguido, y que al margen de lo que me depare el futuro, he tenido el honor de haber sido invitada al despertar, florecer y crecimiento personal de seres humanos extraordinarios.

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De crowdfunding y solidaridad real

Hoy he empezado el día haciendo un llamamiento en Facebook porque Julio Herrera, un gran Amigo, mejor persona y excelente artista y fotógrafo, después de mucho darle la paliza ha aceptado el reto de exponer sus fotos. Y como me siento responsable por llevar dos años insistiéndole en que comparta su arte con el mundo, pues tengo la obligación moral de ayudarle en todo lo que me sea posible.

Hace unos meses, hablando de este tema, y ante la imposibilidad de poder financiar el coste de la exposición con sus ingresos, y queriendo mantener su alma limpia y sin vender a políticos de ningún color – ergo, sin querer pedir subvenciones públicas – apareció el concepto de crowdfunding como solución al pequeño contratiempo.

Si no sabes qué significa, te lo explico de forma rápida y clara:

1. Julio no tiene el dinero para financiar la exposición.

2. Es difícil encontrar a una sola persona que quiera aportar todo el dinero que cuesta imprimir las fotos.

3. Así que en lugar de buscar a una persona que ponga 2.000€, se trata de encontrar por ejemplo 400 personas que pongan 5€. O 200 personas que pongan 10€. O 400 personas que pongan 1€

En resumen: que los pagamos entre todos, cada uno aportando lo que buenamente pueda.

Y aquí empieza la aventura, que en mi caso tiene también mucho de experimento sociológico. Veo cada día en las redes sociales como cientos de personas se apresuran a poner “Me gusta” en cualquier entrada que tenga que ver poco o mucho con cuestiones solidarias. Se reenvían fotos espeluznantes de niños con cáncer, de animales maltratados, se escriben indignados comentarios y se responde a mensajes de 5 palabras de personas que no conocemos con encarnizada ideología en ristre.

Con este proyecto de crowdfunding que esperamos desemboque en la exposición de las fotos de Julio y en un espaldarazo a su carrera de fotógrafo, yo espero también comprobar si esa solidaridad con la que nos llenamos la boca, también hace que nos rasquemos el bolsillo, o si nuestras buenas intenciones se pierden en ese recorrido que va desde la boca que opina o los dedos que teclean hasta nuestra cartera. Ya sabes, cada euro cuenta. Y si no puedes, seguro que si haces llegar esta iniciativa a toda la gente que conoces, alguno colabora.

En unas semanas espero poder decirte que sí, que sigas teniendo fe en la especie humana, y que solidaridad es algo más que un sindicato polaco.

http://www.apadrinaaunfotografo.es

De niños perdidos, viajes a Nunca Jamás y humanos grises

Había una vez un niño perdido, pero perdido perdido, ni despistado ni desubicado ni desmotivado ni descolocado: perdido perdido.

Estaba un día él perdido en su perdidez absoluta, cuando hablando de lo divino y lo humano con una niña que un día se perdió, ésta le habló de un País de Nunca Jamás al que se accedía por unas extrañas puertas de colores, y en el que habitaba una persona que le dijeron se dedicaba a llevar a los niños perdidos a su mejor futuro imaginable.

De entrada todo le decía que se olvidara de tonterías, que total, cuando llevas tan perdido tantos años, al mundo de estar perdido ya le has ido poniendo cuadros, tapetes de ganchillo y algún que otro mueble de Ikea. Dicen que a todo se acostumbra uno.

Sin embargo fue encontrándose como por casualidad con otros niños perdidos que habían recorrido ese extraño camino de la segunda estrella a la derecha y todo recto hasta el amanecer, y parecían disfrutar de la vida y haber realmente encontrado ese camino hacia un mejor futuro posible.

Como en el fondo fondo fondo de su perdidez, el niño perdido era muy valiente, entró en El Cuarto de en Medio y se dejó coger de la mano por esa mujer a-veces-Wendy-a-veces-bruja-del Este y aprendió a confiar en su propio criterio, a atreverse a probar cosas que le apetecía hacer, a decir lo que sentía, incluso aunque con algún apuro, aprendió a abrazar. (Y es que los abrazos son las contraseñas de entrada y salida de El Cuarto de en Medio)

Así prosiguieron sus días entre Nunca Jamás y su pequeña isla. Algunos días se llenaba los pulmones de polvo de hadas y era capaz de volar-soñar-reír y de VIVIR así en mayúsculas. Sin embargo en otros días, de repente en lugar de polvo de hadas se le llenaban los pulmones de polvo-de-humanos-grises. Y es que los humanos grises intentan por todos los medios que todos seamos humanos grises: sin motivación, sin retos, sin ganas de experimentar, sin ganas de ponernos a prueba, sin ganas de desatar nuestro talento natural. Quieren que seamos malas hierbas y que no lleguemos a producir esas enormes y olorosas flores para las que estamos preparados y hasta destinados.

Los humanos grises tienen alergia a la luz que algunas personas desprenden, son entes tristes sin capacidad y sin talento, a los que la luz, la capacidad y el talento de los niños perdidos o encontrados les supone una amenaza. Ya sabes, el brillo de unos hace que otros solamente puedan ver sus sombras.

Wendy-Bruja-del-Este sigue buscando nuevas pociones, sigue destilando polvo de hadas y mezclándolo con alguna que otra maldición romana y grandes dosis de amor incondicional para ver si consigue dar con la proporción perfecta para que ningún niño perdido vuelva a inhalar polvo-de-humano-gris.

Pero por si acaso no fuera suficiente, si ves a ese niño perdido acercándose peligrosamente a los humanos grises, te pido por favor que le abraces para que sepa que eres uno de los nuestros, y que le lleves un poquito de la mano – ni empujando ni tirando, a su lado y de la mano – para que vuelva a encontrar el camino hacia su mejor futuro posible.

Ya sabes…la segunda estrella a la derecha y todo recto hasta el amanecer

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Estrés, esdos, esuno, cero

Llevo tanto tiempo sin pasar por aquí que no sabía muy bien por dónde empezar a contarte todo lo que te quiero contar. Y luego he pensado en el tema de este post, he respirado bien hondo y bien lento, y me he repetido eso tan mío de alá-proveerá.

Te cuento que hace cosa de un mes la vida me hizo un regalo en forma de gata parturienta en casa. Te digo que fue un regalo porque me encantan los animalitos, porque esta gata en concreto me costó un mes que pasara de no dejarse tocar a parir en la butaca de mi cuarto, y porque me recordó a la primera vez que viví una experiencia parecida cuando mi muy añorada Jueves me regaló tres cachorritos, dos de los cuales 14 años después siguen viviendo conmigo. Creo que también fue un regalo para la gata, porque la pobre necesitó ayuda durante el parto, así que fue un win-win.

Sin embargo Bosta, una de mis gatas debido a su avanzada edad y a su aversión felina a los cambios, detectó el parto y la presencia de los cachorros como una fuente de estrés. Y como es un animal que no sabe nada de conciencia, ni de ego, ni de respiración consciente, ni de new age, ni de cómo gestionar el estrés, reaccionó como hacen los animales: no piensan, elucubran, dan vueltas y complican la historia, sino que la miran de frente y resuelven.

Mi gata en lugar de exponerse a un entorno que considera hostil y estresante, cogió la puerta y como dicen por estos lares, se mandó a mudar. Vamos, que se fue de casa. Afortunadamente conseguimos encontrarla, la encerramos en casa, pero la pobre estaba absolutamente desesperada por huir de nuevo: no quería estar expuesta al desgaste que le suponía un entorno tan perjudicial para su salud.

Te cuento que la situación se resolvió gracias a un Amigo con mayúsculas que acogió a la nueva mamá y su camada. Y en menos de 24 horas, mi gata volvió a la normalidad.

Esta historia me ha hecho pensar mucho en el tema del estrés y en la lección que Bosta me ha enseñado de una forma tan contundente. El estrés negativo, prolongado y constante es uno de los peores enemigos del ser humano, sobretodo porque hemos perdido esa capacidad animal de huir de él como de la peste. Un animal necesita una señal, y pone en marcha todos sus recursos para prevenir sus efectos, mientras que nosotros los humanos – y en especial los humanos del primer mundo – ignoramos las señales y normalizamos los efectos devastadores que el estrés tiene en nuestra salud.

En estas semanas he escuchado aterrada como personas muy queridas me decían cosas del tipo: “Este año estoy mucho mejor, tengo dos úlceras pero estoy mucho mejor que estaba” o “Con un poco de suerte si sigo trabajando 14 horas diarias el año que viene pueda coger una semana de vacaciones” o “Menos mal que todo va mejor, a ver si el tratamiento me funciona porque me estaba quedando calva.” Hemos normalizado lo inaceptable.

Como me gusta jugar con las palabras, he pensado que si el estado ideal de equilibrio físico y mental es el diez, entonces esdiez es a lo que debemos aspirar. Si ya pensamos en estrés, es que hemos tenido por lo menos 7 avisos de que estamos exponiéndonos a situaciones que nos hacen daño. Y lo peor: que la cuenta atrás puede seguir si no somos capaces de pararla: estrés, esdos, esuno, cero.

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De nombres y personalidades múltiples

Para responder a aquellos que me lo han preguntado directamente y a aquellos que  no lo han hecho pero se lo preguntan, hoy voy a contarles cómo me llamo.

Cuando pienso en cómo me llamo, no puedo dejar de pensar que estoy planteando la pregunta equivocada, porque no se trata de cómo me llamo sino de quién soy. Y eso lo tengo claro clarísimo: soy Shubhaa.

Creo que siempre he sido Shubhaa, pero no siempre ha sido mi nombre. Cuando iba a nacer, en mi familia tuvo lugar la discusión típica de qué nombre le vamos a poner a lo que venga – recuerden que yo nací en la era pre-ecografía. Mi padre quería un nombre vasco, supongo que por molestar a mi madre, que quería un nombre catalán. Así que podría haber sido Izaskun o Núria. Frío frío. En lo que estaban de acuerdo era en que no fuera un nombre de alguna abuela/tía o pariente. Así que podría haber sido Dolores (horror) o Rosa. Frío frío. También estuvieron de acuerdo en que fuera un nombre corto y que no se pudiera abreviar, vamos, lo que se recomienda para las mascotas. Y como españolita de los últimos coletazos del franquismo, fuera lo que fuera, con el María delante. Así pues en mi carné de identidad soy María Eva.

Fui Eva hasta prácticamente los 20 años, y desde entonces solamente lo he sido para mis familiares – a los que afortunadamente veo más bien poco. Y a los 20 años todo cambió, porque encontré a mi maestro quien me cogió de la mano y me descubrió quién era y sobretodo quién quería ser y cómo quería vivir. Me regaló un nuevo nombre para que dejara atrás todos los condicionantes del pasado: lo que aprendí en la escuela, las expectativas que se pusieron en mi, las etiquetas que unos y otros me fueron colocando, las presiones y los convencionalismos sociales, etc, etc.

The changing of the name simply means you are dropping the whole old personality that was indicated by the old name, that you are beginning afresh with a new name. It is symbolic. You were not born with a name. The name was given by your father, by your mother, by your people. Now you have dropped all conditionings, why not drop the name those conditionings gave to you? Osho, Om Mani Padme Hum, Talk #29

Me regaló un nombre precioso: Alok Shubhaa. Luz que brilla.

Las pocas ocasiones en las que no he usado ese nombre han sido por cuestiones estrictamente laborales -y como “Eva” es una persona que ya no existe, de alguna forma la mejor alternativa fue usar el María, como nombre común, aséptico, profesional.  Creo que fue un error que no volveré a cometer, porque en el fondo ahora creo que de algún modo fue un paso atrás, una pequeña traición. Pero cuando los números rojos aprietan, a veces hay que vender algo más que una pequeña porción de alma. Afortunadamente he recuperado el control sobre mi vida laboral y también sobre mi nombre.

No suelo contar esta historia porque la relación entre el maestro y yo para mí es algo muy personal, no me gusta hacer proselitismo ni vender motos ni captar adeptos. A fin de cuentas, que sea mi maestro no tiene que significar que vaya a ser el tuyo también, ni siquiera que tú vayas a necesitar un maestro. Incluso vivo esta relación bastante aislada del colectivo,  precisamente para evitar ciertas actitudes que en su momento viví y no me gustaron.

Soy Shubhaa. Llevo este nombre con orgullo, con responsabilidad y como un acto de amor a quien me dio más de lo que nunca seré capaz de asimilar. Y porque cada vez que alguien lo pronuncia, me recuerda el camino que un día tomé:

http://www.oshogulaab.com/OSHO/TEXTOS/CUALIDADES_SANYASIN.html

 

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De bicicletas e incapacidades aprendidas

Es cierto, las células tienen memoria. Lo sé porque cada vez que me siento en una silla algo dura, las células de mi trasero y de mi hueso pélvico me recuerdan que la semana pasada salí un par de días a dar un paseo en bicicleta. Y algo que para otros es un emocionante recordar momentos alegres de la infancia, o un empezar a silbar la musiquilla de Verano Azul como banda sonora del movimiento en dos ruedas, a mí siempre me hace pensar en la incapacidad o indefensión aprendida. 

Éste es un concepto desarrollado por mi muy admirado Martin Seligman, a quien le pasa como a mí, que es psicólogo pero nadie lo diría, jajaja. (Aprovecho para recordarle al mundo que estoy abierta a financiación pública y privada para irme un año a Pennsylvania a estudiar un Máster con Seligman, así que si alguien que lea esto está por la labor, le aseguro que estará invirtiendo no sólo en mi formación, sino en el bienestar de los niños perdidos presentes y futuros).

Voy a intentar explicarte el concepto con mi propio ejemplo. Cuando tenía 5 años me compraron una bici. Y como era pequeña y mujer, ergo tenía que ser torpe, me pusieron ruedines. Hasta ahí todo correcto, y es que a veces necesitamos ruedines para poder ir por la vida sin darnos una hostia cada 200 metros. Cuando mi padre estimó que ya era el momento de quitarme los ruedines, pues me los quitó. Y ahí empezó la odisea, porque de repente ir en bici ya no era la experiencia placentera de desplazarte sin peligro, sino que era una especie de lucha contra la maldita fuerza de la gravedad. Digamos que mis primeros movimientos fueron torpes y que desde que me caí de la báscula a los 2 minutos de nacer, lo de caerme no me gusta nada. Conclusión: inseguridad. Consecuencia: desastre. 

Con mucho esfuerzo aprendí a ir en línea recta sin desestabilizarme – para mí todo un reto – pero lo de las curvas ya no me resultaba tan fácil. Parece ser que el sentido práctico me ha acompañado desde mi más tierna infancia porque cuando llegaba a una curva, pues me bajaba de la bici, tomaba la curva caminando y me volvía a montar. Problema resuelto, o eso creía.

Lo que empezó a pasar fue que me convertí en el blanco de las burlas de mi hermano (que ya por entonces manejaba una moto como si hubiera nacido pegado a ella), de las burlas de mi padre que congregaba a cuanto más público mejor para que me vieran bajándome de la bici en las curvas y el mohín de desdén característico de mi madre de si-no-lo-haces-perfecto-para-qué-lo-haces. Una semana después, en una pendiente frené con el freno delantero (ya sabes, si nadie te enseña acabas aprendiendo por ensayo-error) y salí volando por encima del manillar.

Así que entre lo que me decían y lo que yo misma acabé pensando, llegué a la firme conclusión de que yo NO VALÍA para ir en bici. Que era torpe, insegura, ridícula y absurda, por lo menos encima de una bici. 

Yo podría haber seguido toda la vida escondiéndome detrás de ese episodio, lamiéndome las heridas y sin aprender a montar en bici. Pero el orgullo me puede, qué le vamos a hacer. A los 18, básicamente por necesidad de medio de transporte barato, aprendí a ir en bici. Y ahora, me doy el LUJO de hacer un recorrido de una hora por un precioso paseo a la orilla del mar silbando la canción de Verano Azul. Y si llego a un lugar estrecho o a una curva complicada, pues me bajo de la bici, lo hago andando y luego me vuelvo a subir. Porque yo lo valgo.

Está claro que nunca tendré la soltura ni la destreza de los que aprendieron a montar en bici de niños. Pero eso no es razón para que me cierre esa puerta. Y es que compararse es muy chungo, a no ser que te compares en el 100% de las cosas. 

Te cuento todo esto para que reflexiones igual que hice yo el sábado, orgullosamente montada en mi bici: mis límites los pongo yo, y además me permito el lujo de disfrutar de aquellas actividades que me gustan, sin pensar en si otros las hacen mejor o peor.

Te dejo este bonito artículo que me llegó sobre la incapacidad aprendida, espero que te guste: http://lamenteesmaravillosa.com/incapacidad-aprendida

Por cierto, cuando sea viejecita y mi cadera no pueda permitirse el riesgo de un trompazo, ya tengo la solución pensada:

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